domingo, 17 de abril de 2011

Empuñadura de Fuego - Capítulo 1

           Dos grandes ojos iluminados observaban mi caminar, dos ojos que escondían tristes secretos, dos ojos que nunca olvidarían mi presencia en el pasado. Ansiaba poder dedicarles un “adiós”, pero sin darme cuenta, cuando volví a mirar, ya no estaban.

            Mi alrededor, cada vez de un verde más denso, producía una sensación de oscuridad en plena madrugada.
Reconocía esos vastos terrenos, por dónde solía pasear junto a mi padre; me transmitían un sentimiento de inseguridad, antes que de tristeza.
La senda que seguía me advertía de una única cosa: iba a dar al Lago Ademia dónde, según la leyenda, una mujer con su mismo nombre se quitó la vida bajo el agua.

            El hastío empezaba a hacer efecto en mi cuerpo. Mis pies, ya doloridos de tanto tropezar con pequeños pedruscos, empezaban a flaquear. Mis piernas, contusas, tiritaban como consecuencia de varias horas sin comer ni beber. Mis brazos, cubiertos completamente por cortes superficiales, oscilaban sin dinamismo como dos péndulos, independientes del resto del cuerpo.

             Empezó a esclarecer entre la sana y verde arboleda. Un tenue resplandor emergía entre millones de árboles. Ralenticé mis pasos hasta que me detuve. Alcé la vista y entrecerrando los ojos lo miré, dirigiéndole una amplia sonrisa. Era la gran bola ardiente, el poderoso dios del fuego: el Sol.

            Reanudé mi paso tras disfrutar de un jovial calor que mi cuerpo agradeció. Mis pasos ya no eran torpes ni inseguros, sino que habían adquirido seguridad y donaire. Y todo gracias al Sol. Su presencia significaba que el lago Ademia estaba ya muy cerca.

           
            Llegué por fin. Una gran llanura se expandía por casi tres kilómetros de radio, resultaba una gran diferencia al tramo anterior. El terreno era prácticamente llano, cubierto completamente por fresca y verde hierba, con apenas algún que otro arbusto.
            En el centro, una gran explanada de agua cristalina centelleaba como el Sol mismo, produciéndome una sensación placentera, volviendo a sentirme seguro.
            El cálido viento alborotaba mi castaño flequillo, que apenas rozaba mis cejas.

            Ver todo aquello me entristecía. Me recordaba a mi hermana intentando lanzarse al agua, tentada por su color y su brillo;  a mi padre disfrutando al ver juguetear a sus dos hijos, pensando quizás que es el hombre más afortunado del mundo.

            Descalcé mis doloridos pies, sumergiéndolos bajo la helada y flagrante orilla, ateriéndose. El agua destensó y relajó mis doloridos dedos; de mis labios brotó un suspiro de placer.

            Una vez hube rematado mi descanso, decidí retomar mi camino en dirección a ningún lugar, después de haber bebido del agua cristalina del lago Ademia.


            Habían pasado ya dos horas cuando mi estómago comenzó a resentirse. Mi cuerpo se tambaleaba de un lado a otro, buscando un lugar donde caer muerto.
            El Sol empezaba a incordiarme, el aire que antes resultaba agradable, ahora comenzaba a resultar de lo más molesto. Pequeñas gotitas de agua fría recorrían mis sienes, mientras yo sólo soñaba en festejarme con un gran banquete.

            De repente, lo vi: una gran columna de humo y, bajo ella, una hoguera. Un aroma seductor emanaba de aquel lugar y me llevaba a una ensoñación en la que la comida era abundante y sabrosa, cuanto menos.
            Me dirigí hacia la fuente de aquel olor atrayente, desviándome de mi ruta. Cuánto más cerca estaba, más grandes eran mis ansias por devorar lo qué sobre aquella hoguera ardía.
            Finalmente cumplí mi mayor objetivo en ese momento: comer. O, por lo menos, me acerqué a la realización del mismo, pues había alguien vigilando la comida y no pude hacerme con ella.

            - ¿Deseas algo, jovencito? – Preguntó la anciana dispuesta delante de la hoguera con una sonrisa en los labios.

            No ofrecí ninguna respuesta a la, aparentemente, amable anciana.

            - No tengas miedo de hablar conmigo, sólo soy una pobre viejecita que viene a comer al bosque – explicó procurando hacer que me abriese y le dirigiese alguna que otra palabra.

            - Tengo hambre, quiero comer – ofrecí cómo respuesta a la pregunta que anteriormente había inquirido la canosa y delgada anciana.

            - ¿Sólo deseas comer? Pobrecillo – su tono de voz, al contrario que sus palabras, parecía alegrarse de mi sufrimiento.

            La anciana señaló con su esquelético índice la hoguera que se situaba detrás de ella.

            - Tengo mucha comida, además estoy muy sola y no me vendría mal un poco de compañía – añadió invitándome a comer, o al menos eso me hizo creer.

            - Mientras pueda comer… - acepté su invitación, la comida que se exhibía sobre el abrasador fuego de la hoguera era muy tentadora.

            La anciana asintió con la cabeza sobreentendiendo mi respuesta.
            Se dirigió hacia una pequeña cesta de mimbre que se encontraba a dos pasos de su posición inicial, y que ella recorrió en siete segundos; los siete segundos más largos de mi vida. Colocó la cesta encima de una roca medianamente plana y la abrió sin ninguna dificultad, al fin y al cabo, sólo era una cesta.
            De ella sacó dos largas varas metálicas acabadas en punta, que utilizó para atravesar varios alimentos y poder comerlos con facilidad. Dirigió uno hacia mí. Probablemente deseaba que lo cogiese para que pudiese comer.

            - Gracias – mis palabras, que carecían de sentimiento alguno, se limitaban a seguir las normas que, desde pequeño, me habían enseñado.

            Observé que los alimentos dispuestos en aquel utensilio tan peculiar eran diferentes tipos de setas, probablemente inofensivas; tal vez venenosas.

            La anciana cuyo nombre ignoraba repitió el mismo proceso, utilizando esta vez la segunda punta de metal.

            - Y bien, joven. ¿Cómo te llamas? – Inquirió la anciana.

            Mis estoicos labios se movían a la vez que mi  serena voz sonaba.
           
            - Rhys – declaré manteniendo mi compostura, similar a la de una estatua.

- Rhys, hermoso nombre… - masculló la anciana.

            Se percibía una gran tensión en el ambiente, con nuestros ojos fijos en la comida y cómo único sonido el rumiar de nuestras bocas.
            El sabor de la comida era muy sugestivo, me incitaba a comer más. De un teste suculento, casi me atrevería a decir que no era de este planeta.

            - ¿Te gusta? – Preguntó la anciana con una sonrisa cordial.

            - Sí – contesté a esta.

            - Me alegro -  declaró ella, engrandeciendo aún más su intento de sonrisa amable.

            Los segundos se convertían en minutos, y los minutos, en horas. El crujir de la hoguera era cada vez más tenue.
            Sentados sobre la piedra más cómoda, y recibiendo el “fulgor” del Sol con nuestros ojos, pasamos el tiempo hasta que, según la centenaria, el ocaso llegaría en breves.
            No me extrañaba, era invierno, por lo que la noche caía a la velocidad de los copos de nieve en las altas y gélidas Montañas de Circe, donde, según mi padre, residían las 4 Brujas del Destierro.

            - No es por ser curiosa, pero… ¿eres el hijo de Erianthe y Damen? – Preguntó la anciana, con ojos nostálgicos.
            - Eh… No. Lo… Lo siento… Mis padres se llaman Argus y Apolline – rebatí, suponiendo que el hecho de que esa mujer supiese el nombre de mis padres no supondría ningún peligro.

            La anciana carraspeó y bajó su mirada, expresando decepción. Cerró sus ojos y tras masajear sus sienes con el dedo índice de la mano derecha durante 3 segundos, los abrió, dirigiéndome una  extraña mirada. Me examinó de arriba a bajo, sin importarle que yo me diese cuenta de lo que me estaba observando. Parecía que no encontraba lo que estaba buscando, y, una vez se detuvo, lanzó un suspiro de cansancio, o mejor dicho, de descontento. Volvió a dirigirme la mirada y abrió al fin la boca.

- Si no tienes a donde ir puedes quedarte a dormir en mi casa – ofreció dirigiendo su dedo índice en dirección Norte -. Queda a dos kilómetros de aquí.

Mi instinto me transmitía malas vibraciones, pero mi hastiado cuerpo –en aquel momento la mayor autoridad de todo mi ser- asentía con gran fervor.

            Dejando el ceniciento cadáver de lo que fue una llameante pira, y tras haber recogido todos los objetos que podrían clasificarse  como “valiosos”, nos dirigimos a la morada de la anciana, cuyo nombre permanecía en confidencialidad.

1 comentario:

  1. Sigue escribiendo. Y a ver si haces caso a las sugerencias que te dimos tu hermana y yo :P

    Nyam

    ResponderEliminar