lunes, 18 de abril de 2011

Lluvia Estival - Capítulo 1

La casa estaba decorada a estilo rústico, todo de madera. Estaba cansado y, recorriendo toda la habitación con mi mirada, me senté en el polvoriento sofá.
Clara me trajo un vaso de agua y se sentó a mi lado apoyando su cabeza lateralmente en mi hombro, mientras gotas de agua salada recorrían su cara. Sin dirigirle la mirada, apoyé el vaso en el blanco mantel de mesa que estaba situado en frente nuestro, y acaricié su aromático y sedoso pelo suavemente.

- Va a ser mejor que te acuestes – Sugerí con tono calmante -. Es muy tarde.
- Sí… - Respondió ella con tono entristecedor mientras se levantaba suavemente del sofá de tela marrón -. Hasta mañana… – añadió despidiéndose de mí.
- Hasta mañana – Dije respondiendo a su saludo.

Clara subió unas escaleras de madera que llevaban a la planta de arriba, donde estaban situados los dormitorios. Comprendía su sufrimiento, aunque no me preocupaba mucho, ya que por la mañana todo volvería a la normalidad. Alcé la vista y observé la pequeña y cuadrada televisión, protegida por una capa de madera. Giré mi cabeza suavemente hacia ambos lados, en busca del mando a distancia. Al no encontrarlo, decidí acostarme; levantarme para encender la televisión era una tontería, a las doce no echaban nada interesante. Rápidamente, me levanté del antiguo sofá y seguí el rastro de mi mujer hasta el dormitorio.

Llegué a la habitación y al entrar me dí un golpe en la cabeza con el marco de la puerta, apoyé mi mano en la zona resentida y, agachando la cabeza, me acerqué a la cama con cuidado de no tropezar con nada. Palpé la cama y al asegurarme de que no había nada encima, me quité la ropa – excepto la interior- y me puse el pijama de cuadros rojos y blancos.

- Buenas noches – susurré sin esperar respuesta alguna.

Rápidamente, me metí en la cama, en la que me quedé dormido a los cinco minutos.

***
Amanecía. El Sol centelleante iluminó mis parpados a través del cristal de la ventana, lo que me hacía deducir que Clara ya estaba despierta. Con mucho esfuerzo, logré abrir los legañosos ojos y, sentándome en el bordillo de la cama, estiré mis brazos mientras lanzaba un bostezo. Con la cara adormilada y el pelo alborotado me levanté y me dirigí al baño, conectado directamente a la habitación. Entré sin tener que abrir la puerta –ya estaba abierta- y me situé en frente del espejo, que estaba encima del lavamanos de mármol. Abrí la llave del grifo y, usando mis manos como si de un cuenco se tratase, rocíe toda mi cara con fresca agua, limpiándome y despertándome por completo al mismo tiempo.

Baje las escaleras que llevaban al salón, lo atravesé y cruzando una puerta de teca, aparecí en la cocina, la zona más bonita de la casa. La vitrocerámica táctil de un metro cuadrado reflejaba la resplandeciente y flagrante luz. La encimera, situada a ambos lados de la vitrocerámica, medía en total 7m de largo, en ella se podía preparar 12 postres al mismo tiempo. Nevera americana, horno pirolítico… vamos, una cocina futurista. Pero… lo que más me hizo feliz, lo que me hizo esbozar una sonrisa, era ver a Clara desayunando en la mesa de cristal. Su belleza era sobrehumana, sus ojos verdes esmeralda destacaban y embellecían sus rasgos faciales. Sus dorados cabellos caían sobre sus ojos como cascadas de oro fino. Sus labios humedecidos por la leche aparentaban el sabor de la dulce fresa. Clara era perfecta, y era sólo mía.

- Bueno días, princesa – saludé con una enorme sonrisa.

- Buenos días, dormilón – dijo ella con voz aterciopelada en respuesta a mi saludo.

Clara tomó un trago del col de leche que tenía entre sus suaves y blancas manos.

- ¿Ya estás mejor que ayer? – Pregunté conociendo ya la respuesta…

- Bastante mejor… el dormir ayuda bastante… - respondió ella un poco incómoda por la mención.

Me dirigí a ella e inclinándome le dí un beso en su marmórea frente.

- ¿Te apetece que hoy vayamos al cine? – Ofrecí interesado por ver a Clara esbozar una sonrisa -. Dicen que la película de Sherlock Holmes tiene muy buenas críticas.

- Está bien… aunque ya sabes que soy más de Philip Marlowe – aceptó sonriente a la invitación -. Ya sabes como me gusta a mí lo clásico – añadió con tono pícaro y burlón después de tomar otro sorbo del cuenco de cerámica.

Eso era cierto, a Clara le encantaban los clásicos: Los Puentes de Madison, Sopa de Ganso, Tren de las 4:50, Orgullo y prejuicio…

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