miércoles, 3 de agosto de 2011

Ashley

Es la primera vez que participo en un wordsong :3 Lo escribí en 20 minutos y no lo repas xp asíq ue no sé como estará...





Todo el cuerpo me suda y me duele la cabeza; no aguanto más. No me mantendré cuerdo mucho más tiempo, ¡la necesito ya!

Salgo de casa y toda la gente me mira, ¿tan enfermo estoy que lo perciben a simple vista?
Unos me miran mal, y otros ni lo hacen. Pero a mí no me importa. Recorro callejones pequeños y estrechos, cruzo patios insólitos y desiertos, camino por lugares inhabitables y, por fin llego.
Dos hombres se me acercan. Uno es el típico trajeado de negro, fortachón e imponente, cuya única acreditación es su indumentaria de portero de discoteca. El otro es más bajo y tiene un aspecto mucho más informal y caricaturesco.

-         ¿Qué te trae hoy por aquí? – Pregunta el de menor tamaño con una sonrisa delatadora.

-         Quiero lo de siempre… - Respondo sin dar más vueltas de las que daba mi cabeza.

El hombrecillo se me acerca con su traviesa sonrisa y me ordena que le siga, entrando en la pocilga que tenía como casa, dejando a su “guardaespaldas” en la puerta. Todo está desordenado con miles de plásticos y telas ocultándolo casi todo. Pero lo que yo quiero no está ahí, sino en la habitación del piso de arriba. Subimos las escaleras de madera improvisadas y al llegar a arriba saca una llave metálica que cuelga alrededor de su cuello rechoncho. Con mucha precisión, abre la puerta que se levanta en frente nuestra.
Entramos en la habitación completamente organizada con todos los productos clasificados y etiquetados.

-         Aquí está… - susurra colocando una escalera y subiéndose a ella.

Abre un cajoncito con esmero cuidado y saca de él una pequeña bolsa llena  de“su”esencia.
Baja las escaleras y con una sonrisa casi malévola me entrega la bolsa de plástico.

- Aquí tienes a Ashley.

martes, 19 de abril de 2011

elmundodemithos.activoforo.com

 El Mundo de Mithos es un sitio web de rol, donde podréis actuar y jugar el papel de un personaje creado por vosotros. Ven al castillo e interactúa con todos sus miembros. Elige tus características y armas, para ser el mejor luchador; sube de nivel para mejorarlas. Y mucho más en elmundodemithos.activoforo.com

lunes, 18 de abril de 2011

Lluvia Estival - Capítulo 1

La casa estaba decorada a estilo rústico, todo de madera. Estaba cansado y, recorriendo toda la habitación con mi mirada, me senté en el polvoriento sofá.
Clara me trajo un vaso de agua y se sentó a mi lado apoyando su cabeza lateralmente en mi hombro, mientras gotas de agua salada recorrían su cara. Sin dirigirle la mirada, apoyé el vaso en el blanco mantel de mesa que estaba situado en frente nuestro, y acaricié su aromático y sedoso pelo suavemente.

- Va a ser mejor que te acuestes – Sugerí con tono calmante -. Es muy tarde.
- Sí… - Respondió ella con tono entristecedor mientras se levantaba suavemente del sofá de tela marrón -. Hasta mañana… – añadió despidiéndose de mí.
- Hasta mañana – Dije respondiendo a su saludo.

Clara subió unas escaleras de madera que llevaban a la planta de arriba, donde estaban situados los dormitorios. Comprendía su sufrimiento, aunque no me preocupaba mucho, ya que por la mañana todo volvería a la normalidad. Alcé la vista y observé la pequeña y cuadrada televisión, protegida por una capa de madera. Giré mi cabeza suavemente hacia ambos lados, en busca del mando a distancia. Al no encontrarlo, decidí acostarme; levantarme para encender la televisión era una tontería, a las doce no echaban nada interesante. Rápidamente, me levanté del antiguo sofá y seguí el rastro de mi mujer hasta el dormitorio.

Llegué a la habitación y al entrar me dí un golpe en la cabeza con el marco de la puerta, apoyé mi mano en la zona resentida y, agachando la cabeza, me acerqué a la cama con cuidado de no tropezar con nada. Palpé la cama y al asegurarme de que no había nada encima, me quité la ropa – excepto la interior- y me puse el pijama de cuadros rojos y blancos.

- Buenas noches – susurré sin esperar respuesta alguna.

Rápidamente, me metí en la cama, en la que me quedé dormido a los cinco minutos.

***
Amanecía. El Sol centelleante iluminó mis parpados a través del cristal de la ventana, lo que me hacía deducir que Clara ya estaba despierta. Con mucho esfuerzo, logré abrir los legañosos ojos y, sentándome en el bordillo de la cama, estiré mis brazos mientras lanzaba un bostezo. Con la cara adormilada y el pelo alborotado me levanté y me dirigí al baño, conectado directamente a la habitación. Entré sin tener que abrir la puerta –ya estaba abierta- y me situé en frente del espejo, que estaba encima del lavamanos de mármol. Abrí la llave del grifo y, usando mis manos como si de un cuenco se tratase, rocíe toda mi cara con fresca agua, limpiándome y despertándome por completo al mismo tiempo.

Baje las escaleras que llevaban al salón, lo atravesé y cruzando una puerta de teca, aparecí en la cocina, la zona más bonita de la casa. La vitrocerámica táctil de un metro cuadrado reflejaba la resplandeciente y flagrante luz. La encimera, situada a ambos lados de la vitrocerámica, medía en total 7m de largo, en ella se podía preparar 12 postres al mismo tiempo. Nevera americana, horno pirolítico… vamos, una cocina futurista. Pero… lo que más me hizo feliz, lo que me hizo esbozar una sonrisa, era ver a Clara desayunando en la mesa de cristal. Su belleza era sobrehumana, sus ojos verdes esmeralda destacaban y embellecían sus rasgos faciales. Sus dorados cabellos caían sobre sus ojos como cascadas de oro fino. Sus labios humedecidos por la leche aparentaban el sabor de la dulce fresa. Clara era perfecta, y era sólo mía.

- Bueno días, princesa – saludé con una enorme sonrisa.

- Buenos días, dormilón – dijo ella con voz aterciopelada en respuesta a mi saludo.

Clara tomó un trago del col de leche que tenía entre sus suaves y blancas manos.

- ¿Ya estás mejor que ayer? – Pregunté conociendo ya la respuesta…

- Bastante mejor… el dormir ayuda bastante… - respondió ella un poco incómoda por la mención.

Me dirigí a ella e inclinándome le dí un beso en su marmórea frente.

- ¿Te apetece que hoy vayamos al cine? – Ofrecí interesado por ver a Clara esbozar una sonrisa -. Dicen que la película de Sherlock Holmes tiene muy buenas críticas.

- Está bien… aunque ya sabes que soy más de Philip Marlowe – aceptó sonriente a la invitación -. Ya sabes como me gusta a mí lo clásico – añadió con tono pícaro y burlón después de tomar otro sorbo del cuenco de cerámica.

Eso era cierto, a Clara le encantaban los clásicos: Los Puentes de Madison, Sopa de Ganso, Tren de las 4:50, Orgullo y prejuicio…

domingo, 17 de abril de 2011

Empuñadura de Fuego - Capítulo 1

           Dos grandes ojos iluminados observaban mi caminar, dos ojos que escondían tristes secretos, dos ojos que nunca olvidarían mi presencia en el pasado. Ansiaba poder dedicarles un “adiós”, pero sin darme cuenta, cuando volví a mirar, ya no estaban.

            Mi alrededor, cada vez de un verde más denso, producía una sensación de oscuridad en plena madrugada.
Reconocía esos vastos terrenos, por dónde solía pasear junto a mi padre; me transmitían un sentimiento de inseguridad, antes que de tristeza.
La senda que seguía me advertía de una única cosa: iba a dar al Lago Ademia dónde, según la leyenda, una mujer con su mismo nombre se quitó la vida bajo el agua.

            El hastío empezaba a hacer efecto en mi cuerpo. Mis pies, ya doloridos de tanto tropezar con pequeños pedruscos, empezaban a flaquear. Mis piernas, contusas, tiritaban como consecuencia de varias horas sin comer ni beber. Mis brazos, cubiertos completamente por cortes superficiales, oscilaban sin dinamismo como dos péndulos, independientes del resto del cuerpo.

             Empezó a esclarecer entre la sana y verde arboleda. Un tenue resplandor emergía entre millones de árboles. Ralenticé mis pasos hasta que me detuve. Alcé la vista y entrecerrando los ojos lo miré, dirigiéndole una amplia sonrisa. Era la gran bola ardiente, el poderoso dios del fuego: el Sol.

            Reanudé mi paso tras disfrutar de un jovial calor que mi cuerpo agradeció. Mis pasos ya no eran torpes ni inseguros, sino que habían adquirido seguridad y donaire. Y todo gracias al Sol. Su presencia significaba que el lago Ademia estaba ya muy cerca.

           
            Llegué por fin. Una gran llanura se expandía por casi tres kilómetros de radio, resultaba una gran diferencia al tramo anterior. El terreno era prácticamente llano, cubierto completamente por fresca y verde hierba, con apenas algún que otro arbusto.
            En el centro, una gran explanada de agua cristalina centelleaba como el Sol mismo, produciéndome una sensación placentera, volviendo a sentirme seguro.
            El cálido viento alborotaba mi castaño flequillo, que apenas rozaba mis cejas.

            Ver todo aquello me entristecía. Me recordaba a mi hermana intentando lanzarse al agua, tentada por su color y su brillo;  a mi padre disfrutando al ver juguetear a sus dos hijos, pensando quizás que es el hombre más afortunado del mundo.

            Descalcé mis doloridos pies, sumergiéndolos bajo la helada y flagrante orilla, ateriéndose. El agua destensó y relajó mis doloridos dedos; de mis labios brotó un suspiro de placer.

            Una vez hube rematado mi descanso, decidí retomar mi camino en dirección a ningún lugar, después de haber bebido del agua cristalina del lago Ademia.


            Habían pasado ya dos horas cuando mi estómago comenzó a resentirse. Mi cuerpo se tambaleaba de un lado a otro, buscando un lugar donde caer muerto.
            El Sol empezaba a incordiarme, el aire que antes resultaba agradable, ahora comenzaba a resultar de lo más molesto. Pequeñas gotitas de agua fría recorrían mis sienes, mientras yo sólo soñaba en festejarme con un gran banquete.

            De repente, lo vi: una gran columna de humo y, bajo ella, una hoguera. Un aroma seductor emanaba de aquel lugar y me llevaba a una ensoñación en la que la comida era abundante y sabrosa, cuanto menos.
            Me dirigí hacia la fuente de aquel olor atrayente, desviándome de mi ruta. Cuánto más cerca estaba, más grandes eran mis ansias por devorar lo qué sobre aquella hoguera ardía.
            Finalmente cumplí mi mayor objetivo en ese momento: comer. O, por lo menos, me acerqué a la realización del mismo, pues había alguien vigilando la comida y no pude hacerme con ella.

            - ¿Deseas algo, jovencito? – Preguntó la anciana dispuesta delante de la hoguera con una sonrisa en los labios.

            No ofrecí ninguna respuesta a la, aparentemente, amable anciana.

            - No tengas miedo de hablar conmigo, sólo soy una pobre viejecita que viene a comer al bosque – explicó procurando hacer que me abriese y le dirigiese alguna que otra palabra.

            - Tengo hambre, quiero comer – ofrecí cómo respuesta a la pregunta que anteriormente había inquirido la canosa y delgada anciana.

            - ¿Sólo deseas comer? Pobrecillo – su tono de voz, al contrario que sus palabras, parecía alegrarse de mi sufrimiento.

            La anciana señaló con su esquelético índice la hoguera que se situaba detrás de ella.

            - Tengo mucha comida, además estoy muy sola y no me vendría mal un poco de compañía – añadió invitándome a comer, o al menos eso me hizo creer.

            - Mientras pueda comer… - acepté su invitación, la comida que se exhibía sobre el abrasador fuego de la hoguera era muy tentadora.

            La anciana asintió con la cabeza sobreentendiendo mi respuesta.
            Se dirigió hacia una pequeña cesta de mimbre que se encontraba a dos pasos de su posición inicial, y que ella recorrió en siete segundos; los siete segundos más largos de mi vida. Colocó la cesta encima de una roca medianamente plana y la abrió sin ninguna dificultad, al fin y al cabo, sólo era una cesta.
            De ella sacó dos largas varas metálicas acabadas en punta, que utilizó para atravesar varios alimentos y poder comerlos con facilidad. Dirigió uno hacia mí. Probablemente deseaba que lo cogiese para que pudiese comer.

            - Gracias – mis palabras, que carecían de sentimiento alguno, se limitaban a seguir las normas que, desde pequeño, me habían enseñado.

            Observé que los alimentos dispuestos en aquel utensilio tan peculiar eran diferentes tipos de setas, probablemente inofensivas; tal vez venenosas.

            La anciana cuyo nombre ignoraba repitió el mismo proceso, utilizando esta vez la segunda punta de metal.

            - Y bien, joven. ¿Cómo te llamas? – Inquirió la anciana.

            Mis estoicos labios se movían a la vez que mi  serena voz sonaba.
           
            - Rhys – declaré manteniendo mi compostura, similar a la de una estatua.

- Rhys, hermoso nombre… - masculló la anciana.

            Se percibía una gran tensión en el ambiente, con nuestros ojos fijos en la comida y cómo único sonido el rumiar de nuestras bocas.
            El sabor de la comida era muy sugestivo, me incitaba a comer más. De un teste suculento, casi me atrevería a decir que no era de este planeta.

            - ¿Te gusta? – Preguntó la anciana con una sonrisa cordial.

            - Sí – contesté a esta.

            - Me alegro -  declaró ella, engrandeciendo aún más su intento de sonrisa amable.

            Los segundos se convertían en minutos, y los minutos, en horas. El crujir de la hoguera era cada vez más tenue.
            Sentados sobre la piedra más cómoda, y recibiendo el “fulgor” del Sol con nuestros ojos, pasamos el tiempo hasta que, según la centenaria, el ocaso llegaría en breves.
            No me extrañaba, era invierno, por lo que la noche caía a la velocidad de los copos de nieve en las altas y gélidas Montañas de Circe, donde, según mi padre, residían las 4 Brujas del Destierro.

            - No es por ser curiosa, pero… ¿eres el hijo de Erianthe y Damen? – Preguntó la anciana, con ojos nostálgicos.
            - Eh… No. Lo… Lo siento… Mis padres se llaman Argus y Apolline – rebatí, suponiendo que el hecho de que esa mujer supiese el nombre de mis padres no supondría ningún peligro.

            La anciana carraspeó y bajó su mirada, expresando decepción. Cerró sus ojos y tras masajear sus sienes con el dedo índice de la mano derecha durante 3 segundos, los abrió, dirigiéndome una  extraña mirada. Me examinó de arriba a bajo, sin importarle que yo me diese cuenta de lo que me estaba observando. Parecía que no encontraba lo que estaba buscando, y, una vez se detuvo, lanzó un suspiro de cansancio, o mejor dicho, de descontento. Volvió a dirigirme la mirada y abrió al fin la boca.

- Si no tienes a donde ir puedes quedarte a dormir en mi casa – ofreció dirigiendo su dedo índice en dirección Norte -. Queda a dos kilómetros de aquí.

Mi instinto me transmitía malas vibraciones, pero mi hastiado cuerpo –en aquel momento la mayor autoridad de todo mi ser- asentía con gran fervor.

            Dejando el ceniciento cadáver de lo que fue una llameante pira, y tras haber recogido todos los objetos que podrían clasificarse  como “valiosos”, nos dirigimos a la morada de la anciana, cuyo nombre permanecía en confidencialidad.

domingo, 3 de octubre de 2010

Empuñadura de fuego (Introducción)

   El crujir del fuego resonaba en mis cavidades auditivas, también llamadas "oídos". La cálida llama residente en mi interior se estaba apagando. No me agradaba el hecho de pensar que mi madre llorase por mí. Pero la ambición podía con mi ser; el hecho de alcanzar un poder y una riqueza inimaginables me hacía palpitar de emoción.

   Giré mi cabeza para entender o al menos distinguir sus palabras, llorosas y aterradas, que resultaban ser lamentaciones incomprensibles.

- Tranquila, madre... volveré, se lo prometo... - juré con convicción en mis palabras.

   Mi madre no supo responder, se limitó a continuar su llanto, cada vez más desesperado.

- Si no es mucha molestia, ¿podría decirle a Cynthia y a Padre que me marcho? - Pregunté intimidado por las lágrimas de la persona que más valoraba en el mundo, tentando a rectificar mi decisión.

   Levanté mi cuerpo del cómodo sillón sobre el que me hallaba sentado. Me dirigí hacia aquella mujer, la que más quería, y absteniendo mis tentaciones de abrazarla, le acaricié ese cabello castaño tan familiar.

- Adiós - dije cómo despedida, con tono apagado y triste.

   Alcé la vista al frente y con paso firmé fui dejando mi hogar atrás. No pude evitar volver mi mirada y recordar los viejos tiempos en los que mis acciones y mi forma de ser hacían que nuestra familia estuviese unida. No pude evitar pensar que todo lo que estaba haciendo era muy egoísta y quizás desconsiderado. No pude evitar pensar... que era estúpido.

   Volví mi mirada al frente y con pasos como puñales que se iban clavando en mi corazón, abandoné aquel lugar, que alguna vez, había sido mío.

sábado, 2 de octubre de 2010

Empuñadura de fuego (Próximamente)

Rhys, hijo de los más prestigiosos herreros de Odëtte, vive con sus padres y su hermana. El joven, de tan sólo 16 años de edad, ha decidido marcharse de su país en busca de riquezas y poder. Guiado por la ambición, tropieza con una serie de problemas, que acaban llevándole ante la más poderosa maga de magia arcana, Cosette Nört.

El cometido de Rhys es derrotarla, pero para ello, necesitará la ayuda de poderosos guerreros.