El crujir del fuego resonaba en mis cavidades auditivas, también llamadas "oídos". La cálida llama residente en mi interior se estaba apagando. No me agradaba el hecho de pensar que mi madre llorase por mí. Pero la ambición podía con mi ser; el hecho de alcanzar un poder y una riqueza inimaginables me hacía palpitar de emoción.
Giré mi cabeza para entender o al menos distinguir sus palabras, llorosas y aterradas, que resultaban ser lamentaciones incomprensibles.
- Tranquila, madre... volveré, se lo prometo... - juré con convicción en mis palabras.
Mi madre no supo responder, se limitó a continuar su llanto, cada vez más desesperado.
- Si no es mucha molestia, ¿podría decirle a Cynthia y a Padre que me marcho? - Pregunté intimidado por las lágrimas de la persona que más valoraba en el mundo, tentando a rectificar mi decisión.
Levanté mi cuerpo del cómodo sillón sobre el que me hallaba sentado. Me dirigí hacia aquella mujer, la que más quería, y absteniendo mis tentaciones de abrazarla, le acaricié ese cabello castaño tan familiar.
- Adiós - dije cómo despedida, con tono apagado y triste.
Alcé la vista al frente y con paso firmé fui dejando mi hogar atrás. No pude evitar volver mi mirada y recordar los viejos tiempos en los que mis acciones y mi forma de ser hacían que nuestra familia estuviese unida. No pude evitar pensar que todo lo que estaba haciendo era muy egoísta y quizás desconsiderado. No pude evitar pensar... que era estúpido.
Volví mi mirada al frente y con pasos como puñales que se iban clavando en mi corazón, abandoné aquel lugar, que alguna vez, había sido mío.